Por: Héctor Turco Mendoza.
Y hoy vimos, la subversiva película #LaAnatomíaDeLosCaballos, filmada en los imponentes paisajes y comunidades altiplánicas de Puno. Con un marco narrativo que va del siglo XVIII al siglo XXI, de la revolución indígena contra el colonialismo español hasta el capitalismo extractivista y contraproducente para la comunidad. Pero, mucho ojo, no es una película histórica fiel o convencional, mucho menos un documental, es un atípico drama existencial, social hasta fantástico, mítico y profético: un tanto exigente, arriesgado y audaz.
Es la historia de un revolucionario llamado Ángel Pumacahua que, tras la muerte de su hermano Mateo, huye de los sanguinarios españoles en 1781. En su escape observa un meteorito caer en la zona, y sin ningún salto espacial nuestro protagonista se ubica ahora en el tiempo actual, en la comunidad altoandina que sufre las consecuencias de las malas prácticas mineras. El pasado y el presente son un mismo tiempo: único, cíclico, espiral, propio de la cosmovisión andina. Recurso temporal que el director Daniel Vidal Toche explota bien para fusionar, confluir, amalgamar y fundar un universo ficcional con sus propias reglas, radicalmente distinto al concepto occidental. Un espacio narrativo donde los personajes están atrapados en constante rebeldía y las problemáticas o mecanismos de opresión y exclusión persisten/mutan desde tiempos inmemoriales.
Visualmente hipnótica y sonoramente inquietante, la estupenda ópera prima tiene una factura prolija en formato 4:3 para disfrutarla y verla en pantalla grande, de ser posible. Y si bien el guión se toma muchas libertades con acierto, los diálogos o monólogos profundos pueden ser un tanto impostados e implantados en personajes cuyo arco de transformación o construcción puede notarse mecánicos y funcionales al discurso o mensaje final del filme. Eso sí, un producto cinematográfico con muchas capas de lectura para los más exquisitos cinéfilos. PUNTAJE: 8/10

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