CRÍTICA DE CINE: !AMIGO ,POR AHÍ NO ES! , de Gino Tassara.

 [ CINE | CRÍTICA: «¡Amigo, por ahí no es!» ]

CALIFICACIÓN: 0/5 | Por Sandro Mairata @smairata / REFLEKTOR
«El peor de los bodrios de cine peruano estrenados este año».
De los bodrios estrenados este año, «¡Amigo, por ahí no es!» se lleva el título al peor de todos, en lo que a cine peruano se refiere. Dudo que en el tiempo que nos queda de 2026 aparezca un estreno que caiga más bajo, en el mismo 2026 de dos títulos al fondo del basural como «Cantuta: la orden secreta» y «Volver a los 80». En la misma vena, «¡Amigo, por ahí no es!» no solo es un pésimo filme de una mediocridad inabarcable con palabras: es un caótico despilfarro de recursos técnicos y humanos, un sub-cine de ideas atrofiadas y extraviadas que, del lado del espectador, resulta peor: un asalto a nuestro tiempo, a nuestro dinero y a nuestra paciencia.
Y he ahí una de las tragedias del cine peruano actual: una cinta paupérrima como esta ha sido posible con el apoyo de 51 auspiciadores (según ha explicado el propio director y coguionista, Gino Tassara) (1) y –al tiempo de escribir estas líneas– cuenta con 32 sedes de exhibición nacional solo contando la cadena Cineplanet, allí donde otras cintas llegadas de regiones, con muchos más méritos e igual o mayor potencial comercial, sufren el recorte de los horarios de sus funciones y de las salas donde verlas, además de ser blanco de abiertas censuras (como en el caso de «Santidad») y «problemas con el proyector» que fuerzan a cancelar funciones. Para atraer público, la estrategia de los factótums detrás de este título fangoso se basa en haber convocado a un extenso elenco compuesto por modelos, influencers y personajes de farándula revolviéndolos con actores que han alcanzado prestigio (ya no debería aparecer en estos lugares alguien como Haydeé Cáceres) junto a otros que se lo venían labrando a pulso (Andrea Luna, aquí en su aparición más lamentable). Así, «¡Amigo, por ahí no es!» es el tipo de filme del que varios se distanciarán con el paso del tiempo, hasta pedirnos dejarlo en el olvido.
Hay algo preocupante: este sub-cine híper publicitado de alfombras rojas y presencia en todos los medios masivos de comunicación (la revista Cosas figura como «media partner»; la revista Somos tuvo en portada a Miranda Capurro) llegará a un público masivo que se decepcionará de haber perdido tiempo y dinero ante tanta expectativa artificial, y creerá –por desgracia– que está viendo una representación válida de «cine peruano» (al no estar enterado de las opciones que brindan cerca de 80 estrenos nacionales al año), prolongando así una injusta mala fama. El daño es enorme.
Por algún motivo, los personajes de este subproducto gritan, GRITAN, ¡GRITAN! en cada escena. Se mientan la madre. Se insultan de todas las formas posibles. Y luego pasan a la siguiente escena como si nada hubiera pasado. Hay desnudos inexplicables y realizados con una torpeza supina (una conocida modelo y motociclista, Aida Martínez, deja escapar un pecho al aire porque sí, sin mayor explicación, en una escena fugaz; vemos por buen tiempo el trasero de uno de los protagonistas, Mathias Spitzer, quien ha sido supuestamente drogado por el personaje de Luna para grabarlo teniendo relaciones con ella –un abuso sexual que el guion pasa por agua tibia, sin más). Hay escenas anárquicas y confusas como la del almuerzo familiar, donde la cámara no deja de moverse queriendo registrar en un artificioso plano secuencia todo lo que ocurre pero que, en realidad, nos agrede al restregarnos las más indefendibles intervenciones de un colectivo actoral peruano en la pantalla grande.
Hay una escena aún más infame: la de la extensa «protesta» en una calle de Chorrillos, con todo y chistes de Susy Díaz. Lo lamento por Andrea Luna, quien hace el ridículo más grande de entre todos los allí presentes. Es una constante de este filme: a lo largo de su metraje, las mujeres son todas histéricas y de moral dudosa porque babean por el personaje central (el de Spitzer). Sus personajes varones tampoco tienen un norte moral definido (hasta el sacerdote hará de las suyas en una boda y el esposo ultraconservador personificado por Gian Piero Díaz, igual). Cosa extraña del director de un filme que denunciaba la violencia contra la mujer («Reinas sin corona», 2023) y que aquí se regodea en la misoginia.
La historia es más o menos así: Almendra (Capurro) tiene de amigos a Julián (Jassir Yunis) y Franco (Spitzer), dos amigos que crean Somos Familia, una empresa de contenidos digitales y streaming, lo cual los acerca al mundo de las redes, las modelos, y la farándula. Pero Franco fuma demasiada yerba, se mete con demasiadas mujeres, y esto daña su relación con Julián y Almendra. Empeora las cosas el hecho de que Julián tiene sentimientos por Almendra y que habría una persona en las sombras quien le llena la cabeza a Julián de ideas negativas sobre sus dos amigos. Esta es la sinopsis de «un proyecto que ha tomado dos años, seis meses escribiéndolo, dos meses de casting, meses de talleres con los actores», según cuenta Tassara (2), quien firma junto a Karla Velezmoro y el actor Gerardo Fiedler (quien actúa en la cinta) el vomitivo guion entre manos.
¿Estoy siendo muy duro? En eso pensaba mientras tomaba notas a oscuras en el cine cuando empecé a ver a gente retirándose a media función. Cuatro personas en total.
«¡Amigo, por ahí no es!» carece de escenas coherentes. Por un lado, el director cree que, para lograr intensidad, los actores deben gritarse hasta ponerse rojos con la venas abultándose en la frente y las gargantas rozando el raspe. Por el otro, Tassara ha querido además referenciar a autores como Wes Anderson al introducir dos personajes que visten en colores pastel y actúan como maniquíes robotizados llamados Rómulo (Fiedler) y Adrián (Gabriel González). Y en la más burda imitación de Christopher Nolan (nada más y nada menos), «¡Amigo, por ahí no es!» usa saltos de edición que ni siquiera alcanzan a llamarse elipsis, sino que están ejecutados de forma antojadiza al punto de desorientarnos; son callejones argumentales sin salida que no aportan, sino que exasperan. Esto no es Nolan, es nulo. Y ni siquiera estoy entrando a los problemas de foco.
Un par de cosas más. Miranda Capurro aún no es actriz. Las únicas explicaciones realistas para que se le haya confiado un coprotagónico sin pergaminos actorales en cine vienen por el estatus de «it girl» que le han conferido en el mundillo del contenido de las redes sociales, de la moda y del trabajo con marcas de lujo. Es una celebridad de Internet, creadora de contenido en TikTok, conductora de pódcasts en plataformas como Zaca TV y cantante de música pop. Actriz, no. Eso sí, Capurro pone a disposición de Tassara la explotación de su atractivo rostro, y entonces se repiten primeros planos cuando ésta aparece con vestido de novia. Pero Capurro no puede modular su voz ni trasmitir emociones. No ha construido un personaje, sino casi una versión paralela de sí misma para sumarse al griterío en las escenas con sus colegas.
Por lo demás, si como ha dicho Tassara, la intención ha sido poner «sobre la mesa el peligro real de las drogas y la necesidad de rescatar el valor de la amistad verdadera en una sociedad que parece desensibilizada» (3), después de haber sobrevivido a su película no nos queda nada de eso en la mente. Lo que sí queda –además del dolor de cabeza– es la duda de cada nueva aventura de un director cuya productora se llama Sin Argollas, pero que tiene una agencia de «comunicación 360 integrada, manejo de redes y MKT» llamada Acción Comunicativa (4) junto a Gian Piero Díaz y Edith Tapia –dos de sus actores en esta película– y que tuvo un programa semanal llamado Agricooltores, con Vania Torres, Gerardo Fiedler y Gabriel González –como ya dije, Fiedler es co-guionista y actor en esta película; los otros dos también son actores en el filme. (5) Del mismo modo, la novel actriz y Miss Perú La Libertad, Giulliana Vallebuona (con un breve rol en esta película), integra una agencia llamada The Branded Society (6) que se dedica a promocionar como uno de sus clientes principales… a Miranda Capurro (7). Seguro que existen más vínculos similares.
Porque, llegados a este punto, tenemos claro que el cine que propone Gino Tassara desde Lima en «¡Amigo, por ahí no es!» es el engendro de intereses incestuosos; es la capitulación ante las ambiciones comerciales sin siquiera intentar un producto que complazca al espectador a cambio de una entrada. Los cálculos se han hecho aquí por completo ajenos a cualquier aspiración artística sincera: démosle un papel en esta película a todo aquél que jale gente, y hacemos negocio entre todos. Están en su derecho de hacerlo, como tenemos el derecho de reclamar un buen producto.
En esta experiencia chirriante el mejor momento es cuando el filme concluye, las luces se encienden y todo este ruido y caos, por fin, acaban.

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