“Un impresionante ejercicio de dar voz a las víctimas de las matanzas en Puno de 2023”.
El nuevo trabajo de uno de los mejores documentalistas del cine peruano, Javier Corcuera, no es solo un alegato o una denuncia abierta sino un acto de escucha que debiera dejar muchas cosas claras cuando el Perú se alista a elegir el recambio de sus autoridades: no, los manifestantes de las protestas contra el mediocre y corrupto gobierno de Dina Boluarte (2022-2026) no fueron terroristas, y de ninguna manera merecieron ser asesinados de la forma en que ocurrieron los hechos.
¿No están de acuerdo? ¿Se creyeron la propaganda mentirosa que les dijo lo contrario? Tienen que ver “Uyariy”.
Era tentador y menos complejo tomar la vía de hacer un panfleto en defensa de las víctimas de la masacre en Juliaca, Puno, ocurrida a inicios de 2023. En cambio, Corcuera toma el camino pausado del registro paciente de voces, silencios y gestos mínimos, como si el cine fuera ante todo un acto de atención moral. “Uyariy” significa “escuchar” en quechua y el filme toma ese verbo no como metáfora, sino como hoja de ruta.
Así, su cámara renuncia a la estridencia formal: no hay música manipuladora cuando los familiares describen cada disparo o cada cuerpo caído; el montaje se pliega al ritmo quebrado de los testimonios respetando las pausas, las respiraciones, las miradas que se desvían.
Pero lo que define lo necesario de “Uyariy” es el registro sin filtros, directo, en el epicentro de los hechos de Juliaca, con un pulso y valentía solo posibles cuando se tienen las bolas bien puestas: lo conseguido por Corcuera y su equipo consigue un aporte periodístico, cinematográfico, político y debiera conseguir además un impacto jurídico. Esta multidimensionalidad ratifica, de nuevo, que “Uyariy” es un impresionante ejercicio de dar voz.
Uno de los gestos más incisivos de la película es negarse a aislar la masacre reciente como excepción trágica y, en cambio, conseguir inscribirla en una genealogía de repeticiones históricas. Para muchos será sorpresa enterarse de la matanza de Huancho-Lima en 1923, un levantamiento campesino en la sierra peruana (no, no en Huacho), motivado por el indigenismo y la lucha contra los gamonales, donde miles de campesinos fueron asesinados por el dictador Augusto B. Leguía; este hecho se enlaza con el repertorio de abusos republicanos en el sur andino para brindar un contexto más amplio donde lo ocurrido en Juliaca tiene raíces más profundas.
“Uyariy” ofrece algo muy incómodo y necesario: la posibilidad una escucha prolongada. Es un filme difícil desde esta perspectiva, a veces reiterativo. Quién diría que prestar un silencio atencional –el mandato mismo de escuchar– se ha vuelto la forma más radical de hacer cine político en los tiempos que corren.
Pero así es como estamos.

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